¡Esas chimeneas que me son tan familiares!. Me apenan y al mismo tiempo me hacen pensar si quizás no será ese mi destino algún día. Las veo a diario detrás de mi casa, como un parque de atracciones postindustrial lleno de luces y laberintos, serpentines y tolvas a modo de ejemplo ruin de esta sociedad en la que vivo. Columnas rojiblancas y negras que ascienden sin vértigo hasta un cielo también negro de hollín y niebla marítima. Sus azufrosos venenos se curvan en dolientes trenzas de humo empujadas con celeridad por las llamas de color butano hacia un firmamento enfermo y plomizo, cansado ya de tanto soportarnos.
Y al fondo está el mar, con sus emisarios y sus plantas de tratamiento que vierten sus aguas calientes a un océano cada vez más tibio y ultrajado por nuestro modo de vida salvaje. Esto sí que es salvajismo. Miro a los animales. Ellos no entienden de humos, ni de emisarios, ni de plantas de tratamiento, ni de chimeneas.