En ciclismo, cuando el viento
sopla con intensidad y entra de costado, los ciclistas se ponen tensos,
nerviosos, aferrados con dureza al manillar, todos en alerta con el cuchillo
entre los dientes haciendo abanicos con sus cuerpos y sus máquinas para
minimizar el riesgo de caída y penetrar mejor el aire. La maniobra es
estéticamente preciosa, pero requiere una depurada técnica y a veces, los
ciclistas menos hábiles se quedan cortados y después ya no son capaces de
engancharse de nuevo al pelotón.
Algo de esto es lo que ha pasado en
la carrera política española durante los últimos años. Ha habido unos que,
aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, han sacado rédito a la
coyuntura: me refiero, por un lado, a los secesionistas catalanes, que han
utilizado con gran maestría la sentencia-retoque del constitucional sobre el Estatut
como un arma de reacción desproporcionadamente poderosa, y después, con toda la
inestimable ayuda que les ha brindado la retroalimentación de tener al PP en
Madrid durante estos años, han conseguido demarrar y conseguir un apoyo popular
(impensable) que ni en el mejor de los escenarios posibles habrían soñado diez
años atrás. Por otro lado, y a la par, también se escaparon sus antagonistas
políticos, los partidos nacionalistas españolistas, a la sazón PP &
Ciutatans. Con unas políticas muy irresponsables pero muy efectivas,
consiguieron guionizar el discurso político desde el 2004. Como estrategia política
era impecable, pero ética y moralmente reprobable: generan confrontación y odio entre
Cataluña y el resto de España y luego se invisten como los salvadores de la
unidad del imperio español, y al mismo tiempo sacan el foco de atención de la
gente honrada de su verdadero talón de Aquiles, que es la putrefacción total
del sistema y la corrupción en la que viven instalados y atrapados. Se trataba
de sacrificar electoralmente dos regiones, volverse un partido casi marginal en
dos puntos tan estratégicos como Cataluña y el País Vasco a cambio de eliminar
del tablero a los socialistas en las demás comunidades. Yo creo que les salió
bien. El tema catalán ha sido una verdadera mina electoral que el PP ha sabido
aprovechar muy bien y gracias a la cual se han mantenido en el poder hasta ahora; a
pesar de que para ninguna mente sana era concebible votar a un partido de esas
características.
¿Quiénes se quedaron cortados?
Por un parte, se quedó claramente cortado el PE (antiguamente conocido como
PSOE, la S y la O las perdieron tiempo ha, aunque yo les propondría una L, es
decir: PLE, por lo del liberalismo que practican). Su propuesta federalista al
estilo Lluis Companys no es muy del agrado de la mayoría, que los ven tibios, y
ya se sabe desde la época de los anfiteatros romanos que la gente quiere
carnaza, no medias tintas. Esto, unido al sunami del 2008 que barrió al ínclito
Rodríguez Zapatero y a su buen talante, les dejó en tierra de nadie. Desorientados.
Por otra parte, dentro del grupo
de rezagados, están los podemistas, que empezaron muy fuertes pero se cebaron y
ahora están sufriendo una pájara. Su modelo se basa en la democracia total,
todo se puede votar ¡Consultemos a las bases!. Y eso, en un país como este que
está demasiado acostumbrado a no pensar, a que se lo den todo masticado,
incluida su propia libertad, pues no acaba de funcionar. Los chicos de la
universidad hablan claro, meten el dedo en la llaga, son intelectualmente muy
superiores a la mayoría de la fauna política patria, pero probablemente también
carecen del pragmatismo que da el tener que levantarse a las seis de la mañana
todos los días para ir a trabajar a un trabajo de verdad, a uno de esos que te
roba la dignidad y te quita la salud a cambio de que tus hijos puedan tener un
humilde plato de comida encima de la mesa. Sus ideas son buenas, pero de buenas
que son, asustan a la gente que precisamente tienen que defender. Este es
el problema. No es nuevo. Cuando los intelectuales liberales (esta palabra
antes tenía un significado diferente) tras la guerra de independencia les
hablaban a los españoles de a pie de la separación de poderes, o de la declaración de los
derechos del hombre, o de las desamortizaciones que querían hacer con el suelo
en manos muertas para que los campesinos pudieran explotar sus propias tierras,
les miraban mal. No sabían de dónde habían salido aquellos marcianos, ni de
dónde habían sacado las marcianadas que decían. Les acabaron llamando
afrancesados. Con la carga de desprecio que eso conllevaba. Fue volver Fernando
VII del exilio, y al minuto 2 ya se había derogado la constitución. Nadie
rechistó.
La gente en el fondo sigue queriendo
no complicarse demasiado la vida, no quieren revoluciones. Mientras haya
Sálvame Deluxe, el Madrid siga ganando copas de Europa y mientras tengan una
buena conexión a internet, todo irá bien. Y si no, Pedro Sánchez lo arreglará.
Crónicas de un país en llamas.
Vol I
Suárez
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